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jueves, 28 de febrero de 2013

Manuel Leguineche

Empiezo el apartado Testimonios, con una entrevista relatada de J.I. Foces a Manuel Leguineche para El Norte de Castilla. Testimonio de los orígenes de Francisco Umbral, y amigo a lo largo de su vida:


«Éramos felices». Un timbre especial aparece en la voz de Manuel Leguineche cuando recuerda los años de la década de los 60 en los que compartió vocación y mesa con Francisco Umbral en la redacción vallisoletana de EL NORTE DE CASTILLA, en los que empezó a fraguar una amistad que el paso del tiempo mantuvo firme, estrecha, llena de un cariño correspondido.
Desde su casa-refugio de Brihuega (Guadalajara), Manuel Leguineche se declaraba ayer ignorante. Él, que es una enciclopedia periodística andante, que ha dado la vuelta al mundo en incontables ocasiones ejerciendo el trabajo por y para el que ha vivido, ayer admitía que no sabe si sabrá «vivir sin Paco. ¡Nos ha acompañado tanto a diario!»
Manu Leguineche coincidió una época decisiva de su vida con Francisco Umbral en EL NORTE DE CASTILLA. «Mira que eran tiempos difíciles en todos los sentidos... Pues aún así, éramos felices con lo que hacíamos en EL NORTE», recordaba ayer. «Fuimos una generación, no sé si irrepetible, pero ahí están sus trabajos –rememora Manu minutos después de conocer el fallecimiento de Umbral–. Paco, el padre Martín Descalzo, Javier Pérez Pellón, el gran Jiménez Lozano, Miguel Ángel Pastor,... Y yo, modestamente yo. Modestamente porque yo empezaba entonces en este oficio del periodismo. Paco, Paco... Todos bajo la batuta de Miguel Delibes. Esa generación que Delibes ha citado siempre como la suya».
Ahí, en esa redacción de EL NORTE, bajo la dirección de Miguel Delibes, encuentra Leguineche el nexo de unión que le ha mantenido siempre junto a Umbral, entre otros. «Paco y yo fuimos compañeros en esa generación tan especial que Miguel, con su generosidad, hizo circular con esa etiqueta de ‘los que trabajaron conmigo en EL NORTE DE CASTILLA’. Todos nos reconocíamos en el liderazgo de Miguel. Y Paco, y yo y otros muchos, pero ahora toca recordar a Paco, fuimos de los que trabajamos con Delibes en EL NORTE».
«¡ Qué facilidad tenía...!»


En los recuerdos de Leguineche, la nostalgia deja inmediatamente paso a la fascinación por Umbral. «Yo admiraba mucho a Paco, porque yo no escribo bien. Eso de escribir bien me parecía difícil porque Paco lo hacía de bien... ¡Qué facilidad tenía para escribir!», relata con entusiasmo Manu. «Es que no se lo puede imaginar la gente. Ponía su máquina allí en la redacción y ¡además le salían temas! Los demás parecíamos extreñidos a su lado. Paco tenía una riqueza de todo, una capacidad y una gracia en la escritura que ya la hemos disfrutado en este maestro del lenguaje que ha sido. Es lo que ha pasado, que perdemos un maestro, un referente».
Y para Leguineche, esa pérdida es total, sin medias tintas, porque «no puede haber umbralismo sin Umbral». Con lo cual, ¿sabrá vivir sin Umbral?: «Hay que saber vivir sin determinada gente. Ya nos refugiaremos en algo, ya nos defenderemos de esta ausencia con algo», afirma tratando de inocularse el virus del optimismo en un momento en el que la muerte de Umbral le deja «con un vacío».
En ese intento de autoanimarse, Manu cree encontrar el refugio para la ausencia. «El ejemplo del propio Paco». Y regresa al pasado, a los recuerdos. «Umbral era un rupturista, un poco ‘épater le bourgeois’ (dejar pasmado al burgués). Eso en los periódicos de interior de hace más de cincuenta años restrallaba, pero es que había que abrir cauces. Y esa irrupción de Paco en el columnismo nacional, con esa visión a veces cómica, a veces agria, modestamente, sin que haya que darle más importancia que la que tiene, socavó un poco las columnas del Régimen franquista». Y siguió «con su estilo, acompañando día a día a tantísimos lectores como tenía. Diseccionaba la vida diaria –asegura Leguineche–, le daba nuevos nombres, les daba la vuelta a todos y tocaba los puntos calientes. Quien en un momento determinado no supiese por dónde iba la vida española tenía un aviso para navegantes: ‘A ver qué dice Paco’. Hasta sus enemigos le leían por necesidad».
Y en un último gesto de defensa del amigo, Leguineche no duda en afirmar que tras la «fachada un poco hostil, un tanto áspera que tenía, él con la gente que le queríamos era atento, tierno y majo. Quiso vivir como un maldito y no era tal».



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